
Fui una niña aplicada y curiosa, a la que le encantaba aprender cosas muy diversas, casi siempre de forma autodidacta. Tuve la suerte de tener maestros y profesores que sabían transmitirnos su entusiasmo por las ciencias. Aunque me licencié en Químicas, posteriormente me especialicé en ingeniería energética.
La paciencia, la adaptabilidad y la resiliencia han sido compañeras constantes en mi faceta como investigadora y, aunque en ocasiones el trayecto no ha sido fácil, he disfrutado de cada resultado, especialmente de los alcanzados en equipo. En ellos, ser mujer no ha supuesto un hándicap, aunque sí he sentido la necesidad de un mayor esfuerzo en la conciliación familiar. También he aprendido a combatir el síndrome del impostor, tan frecuente entre nosotras. No olvidemos nunca que las mujeres somos capaces, valiosas y plenamente merecedoras de nuestros logros.
Mentiría si dijera que mi vocación surgió de un momento de revelación. Fue más bien creciendo poco a poco, alimentada por una curiosidad constante y el placer de aprender cosas nuevas. De niña podía pasarme horas jugando con el Quimicefa o saltando de un volumen a otro de la enciclopedia que había en casa. Investigar era, para mí, como jugar a ser detective: empezabas siguiendo una pista y, casi sin darte cuenta, acababas descubriendo todo un mundo. También tuve la suerte de encontrar profesores que supieron transmitirme el gusto por las ciencias, así que, cuando llegó el momento de elegir carrera, opté por la química porque me hacía disfrutar.
Más adelante, la vida me llevó al Centro de Investigación CIRCE, donde aproveché la oportunidad para seguir formándome y explorar nuevos retos.
Y, aunque el camino no siempre ha sido sencillo, nunca he dejado de aprender. La investigación ha sido siempre mi manera de hacerlo, de mantener viva la curiosidad y de buscar respuestas que, poco a poco, ayudan a entender y mejorar el mundo que nos rodea.
Me licencié en Ciencias Químicas, pero mi especialidad es la energía. Soy Catedrática de Máquinas y Motores Térmicos de la Universidad de Zaragoza. En la actualidad trabajo en dos líneas de investigación: la reducción y captura de CO2 en sectores industriales y los impactos socioeconómicos de la energía y la sostenibilidad. Aunque a primera vista puedan parecer ámbitos muy distintos —uno de carácter técnico y otro social—, para mí están estrechamente conectados. Es prioritario reducir el impacto medioambiental del uso de la energía, promoviendo la descarbonización necesaria para afrontar el cambio climático, pero sin perder la idea de que esta transición sea justa y no deje a nadie atrás.
Esta segunda línea, la investigación socioeconómica, la desarrollo en el seno de un grupo de trabajo muy heterogéneo y multidisciplinar dentro del Instituto ENERGAIA. Estoy convencida de que la ciencia no puede ser un monólogo. Me gusta recordar una idea de Ortega y Gasset, ya que decía que la realidad solo puede ser mirada desde el punto de vista que cada cual ocupa y que la verdad completa es la suma de todas esas perspectivas. Solo así, uniendo miradas, se pueden resolver los problemas más complejos. En la ciencia y en la vida.
Nunca me he sentido discriminada en mi trabajo por ser mujer, pero sí he percibido que he tenido que hacer un sobreesfuerzo para compatibilizar la carrera investigadora con la vida familiar, una elección personal que, en mi caso, me hace muy feliz. A pesar de que el sector de la energía ha sido históricamente masculino, no considero que las oportunidades para desarrollar una carrera investigadora sean hoy menores para las mujeres que para los hombres. Sin embargo, sigue siendo evidente que, tanto en el ámbito académico como en el empresarial, el ritmo con el que las mujeres acceden a puestos de responsabilidad continúa siendo más lento. Esta realidad pone de manifiesto la necesidad de seguir reflexionando sobre los modelos de carrera, los tiempos y las estructuras de apoyo, de modo que el talento, independientemente del género, pueda desarrollarse plenamente sin tener que renunciar a otras partes de la vida.